Ubicado en una de las zonas de mayor plusvalía de Tijuana, este proyecto de vivienda vertical parte de una condición privilegiada: un terreno con altura suficiente para librar la vialidad al norte y abrirse con amplitud hacia el campo de golf. Las vistas, despejadas y francas, fueron el punto de partida para organizar el conjunto.
El programa —24 unidades residenciales con generosas dimensiones (de 150 a 280 m²), 4 cajones de estacionamiento por vivienda, 1,500 m² de amenidades y extensas áreas verdes— se abordó dentro de una estricta regulación que limitaba la altura a 16 metros, para no interferir con las visuales de las viviendas vecinas.
Frente a este reto, se adoptó una configuración radial que nace desde el flanco sur del predio —el menos favorecido en cuanto a visuales— y se despliega hacia el norte, en abanico, permitiendo que cada unidad goce de una relación directa con el paisaje. Los pasillos y núcleos verticales se resguardan al sur, liberando las fachadas principales para dialogar con la luz y la geografía.
La arquitectura se resolvió con un lenguaje contemporáneo y sobrio. Ventanales verticales, generosos en las áreas sociales y más contenidos en las zonas privadas, articulan la fachada con ritmo y profundidad. En el borde oriente del terreno, la topografía dictó un suave escalonamiento que se incorpora al perfil del proyecto, y que, en combinación con la cubierta perforada de las amenidades, da lugar a un volumen dinámico, atento al terreno y a su contexto inmediato. Una arquitectura que se abre sin imponerse, consciente de su entorno y sus límites.