En su expansión a la colonia Chapalita, acompañamos a los clientes en el diseño de un nuevo capítulo para Ebisumaru: un espacio que buscara resonar con las generaciones diversas que habitan y transitan la zona, al tiempo que extendiera con naturalidad los hilos narrativos de sus otras sucursales: la textura rústica del muro con pasta, la calidez de la madera y la honestidad de una barra abierta.
La paleta elegida es neutra, pero cálida; pensada como un telón de fondo que cede protagonismo a los platillos y a la cerámica hecha especialmente para este lugar. Como en el primer Ebisumaru, la barra ocupa un lugar central: espacio íntimo para comensales solitarios o parejas, donde es posible presenciar el instante en que la materia prima se transforma, en tiempo real, en un tazón humeante de ramen.
El resto del local, incluyendo la terraza, se configuró con mesas para dos que permiten flexibilidad durante el día. El espacio original fue reimaginado casi por completo, conservando solo las salidas de instalaciones de cocina. Las áreas de servicio (bodega, baño, lavabo, clóset) fueron compactadas al fondo izquierdo, para liberar espacio y cederlo a lo esencial: la cocina y los comensales. Una arcada conecta ambas zonas, coronada por un barril de sake, símbolo de los nuevos comienzos en la tradición japonesa.
El corazón visual del proyecto es un cielo de lámparas japonesas, cuya luz cálida baña el interior y se prolonga sobre los muros a través de una lámina ondulada translúcida. La madera actúa como el tejido invisible que une cada elemento, partiendo desde la retícula que agrupa las luminarias y extendiéndose al mobiliario y a los detalles que definen la atmósfera. Los materiales fueron elegidos no solo por su función y bajo mantenimiento, sino por su capacidad de envejecer con dignidad.
En el baño y la zona de caja, pequeños guiños al Japón clásico: antiguos anuncios impresos en lámina metálica de cervezas y destilados, que aportan humor, memoria y pertenencia.